jueves, 14 de julio de 2011

MÉNDEZ,PENUMBRA, BOCCARDI & Cía

Andrea Boccardi era un viejo policía venido a menos, de la misma edad que Méndez y con los mismos problemas prostáticos y de reuma. Ambos se levantaban tres veces durante la noche para echar cada vez un fino chorro de orina que de ser agua no saciaría la sed de un zorzal. Cada excursión al baño era acompañada en ambos casos por un sinfín de jaculatorias en las que se nombraba varias veces a la santísima virgen María, a los clavos de cristo y a no sé que adminículo que tienen las señoras ahí en el frontispicio de su flor.

La era Berlusconi había hecho que este veterano policía, bregado en los conflictos de una gran ciudad como Milán primero y luego Bolonia, se viera postergado por sus mandos afines al nuevo orden, el orden impuesto por esa anomalía votada masivamente por la mayoría de los italianos. Andrea sabía mucho de tramas negras, de policías que actuaban en connivencia con los neofascistas de mafias que traficaban y trafican con inmigrantes y un largo etcétera.

Ya en Barcelona, Méndez con el preceptivo permiso de su amo Don Francisco González Ledesma, reservó un par de habitaciones en el Hotel del Pi en la céntrica calle del mismo nombre. La vetustez de los edificios de aquella zona obraba un efecto benéfico en Méndez que como es sabido y conocido, le sientan mal las incursiones en zonas con escaso nivel de humo de tubo de escape y poco Co2. Tenía Méndez una duda que le paralizaba y no le dejaba pensar, que no era otra que si debía llevarse toallas o las ponía el propio hotel y si era el caso, le preocupaba si ese detalle encarecía el precio de la habitación.


Ya instalados en sus respectivas habitaciones Boccardi recibió una llamada de Juan Penumbra que le anunciaba su inminente llegada al hotel. El papel de Penumbra en este caso era de mero colaborador o mejor dicho de anzuelo o señuelo. La amistad que le unía a Méndez y al comisario jefe Fernández Ledesma  así como su ociosidad fruto de un ERE presentado por el Conseller de poca Salud, Boi Ruiz, le había dejado en la puta calle jodido pero contento, con el tiempo libre necesario para poder colaborar con la policía en operativos de altos vuelos y no aburrirse.

Llegado Juan Penumbra al hotel les llamó desde recepción para  llevarles a cenar a una taberna vasca que estaba cerquita del hotel, en la que ponían chuletones de dos kilos y toda clase de pinchos, incluidos los de teta de monja novicia, al principio Méndez arrugó el morro y frunció el ceño y adujo que no se sentía bien que lo suyo eran los bocadillos de mortadela de olivas y el vino de tetrabrik. Juan Penumbra conocía bien a Méndez y sabía en qué parte debía darle para ponerle firmes y así fue. Penumbra, que en su papel de empotrado en esa misión cobraba un papel casi de primer actor por la gravedad de lo que allí se iba a ventilar, cogió a Méndez por lo huevos y le dijo que aunque llevara un Colt capaz de parar una locomotora en cuestiones de manduca era él quien mandaba y que además para su anemia crónica el chuletón le vendría muy bien. Pero Méndez, ¿no te das cuenta de que el color de tu piel asusta a los niños y parece que estés circulando con permiso del sepulturero? Necesitas un chuletón y te lo vas a comer. Ante tanta insistencia, Méndez se dejó adoptar por Juan Penumbra.

Camino del restaurante y justo al pasar por delante del Bar del Pi, Boccardi quiso entrar a mear, su vejiga no soportaba ni un mililitro más de orina. Una vez dentro del bar en el que pidieron algo para justificar las meadas, repararon el la foto de Rafael Vidiella y en la placa conmemorativa de la fundación del PSUC. Juan Penumbra y Méndez se miraron y no dijeron nada, esta era una mirada de perseguido a perseguidor y viceversa. Una vez concluida la meada a la italiana de Boccardi prosiguieron su marcha hacia la calle del Cardenal Casañas hasta llegar a la taberna vasca Irati en cuya barra Méndez clavó los codos y empezó a devorar pinchos de morcilla y chistorra a dos carrillos, pidió un vino para deshacer el tapón de  mortero compuesto por pan, morcilla, chistorra, huevo duro y otras materias que le tenían el esófago atascado y al borde de la rotura.

Cosas de viejos le dijo Penumbra al camarero, mientras Boccardi saboreaba los pinchos de marisco con mayonesa y se le ocurrió pedir un Negroni, cosa que desencadenó una mirada de furia por parte del baserritarra metido a camarero con cara de mala hostia: Aibalahostia, caguendios, el guiri de los cojones, que mierda mariconada me esta pidiendo, ¿A que le calzo una hostia? Méndez sin apenas inmutarse sacó su Colt de la sobaquera y lo depositó sobre la barra, esto fue suficiente para que el baserritarra nervioso recriado en Hospitalet padeciera un súbito desarreglo intestinal  que le hizo abandonar el puesto de trabajo dejando tras de sí, un olor y un reguero más que sospechoso.

Sentados ya en la mesa, Penumbra pidió unas anchoas del Cantábrico, chuletones acompañados de alcachofas rebozadas, pimientos del piquillo y una fuente de patatas fritas. Boccardi asintió poniendo cara de escéptico, Méndez se había colocado la servilleta atada al cuello y en cada mano un instrumento de disección con que facilitar el despiece en trozos manejables y masticables de chuletón. Comieron, bebieron a placer y de postre tomaron leche frita que resultó ser un gran descubrimiento para Andrea que estaba empeñado en probar la crema catalana o bien ser fiel al tiramisú.

A la hora de los cafés, llegó el inspector jefe Rodríguez Ledesma para repasar por encima el operativo del día siguiente y aprovechó para tomarse tres cafés y media botella de Ratafía. Salieron a la calle y allí mismo haciendo un pequeño corro les puso al corriente de la gravedad del caso. “Tengan ustedes presente que van a prestar un gran servicio a…”  ya empezamos dijo Penumbra, cuándo oigo la cantinela de gran servicio me entran ganas de marcharme a mi casa y acostarme. El inspector jefe le calmó y le dio todo tipo de explicaciones, asegurándole que al día siguiente comerían callos o arroz con bacalao, Penumbra y Méndez asintieron y Boccardi no dijo nada, poniendo cara de pensar que esta gente está como putas cabras.

¿Para qué hemos sido convocados? ¿Qué asunto tenemos que resolver que hasta habéis llamado al pobre Andrea? Calma señores, calma, el motivo es ni más ni menos que el siguiente: el primero es juntarnos todos, que hace tiempo que no nos vemos, Boccardi explotó: ¡Porco Dio, maiale, santa madonna putana infame! Nada, nada ya sigo: Me ha llamado el Presidente Montilla para que recuperemos la Medalla d’Or de la Generalitat que en su día se otorgó a Nelson Mandela y que le robaron el mismo día que se la dieron. Parece ser que los ladrones no la pudieron vender y ahora con la puta crisis van algo justos de tesorería y quieren devolverla a cambio de un rescate y ahí, es dónde entráis todos ustedes vosotros. Penumbra tendrá la función de mediador, irá con el fajo de parné al Café de la Opera con un clavel rojo en el ojal y una pajarita en lugar de corbata y en el momento oportuno zas, entramos todos en tromba jodemos vivo el tío ese y a poder ser que alguien le de un codazo en los morros y le deje sin dientes,  para que aprenda que con los símbolos de las instituciones no se juega.

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